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Le llamaban dignidad
15/03/2017

Ilustración de Javier Aquilar No pasa siempre, pero casi siempre pasa. Cuando la política se acerca a la cultura, la usa como un pañuelo de papel: la compra, más bien baratita, se suena y la olvida en la basura. Tal vez sea inevitable. Unos y otros deberíamos saber de qué va. Relaciones de interés mutuo. Es lo que tienen las amistades peligrosas.

Lo pensaba el otro día mientras presentábamos un emocionante testimonio de dignidad: los diarios que Francisco Candel escribió a lo largo de la dictadura franquista. Vino poca gente. Muy poca. Sentados en el auditorio del Col·legi de Periodistes había quien quizás sea el lector modelo del libro -el historiador del movimiento vecinal Marc Andreu-, un diarista contumaz, algunos de los miembros más tenaces de la Fundación Paco Candel y buena parte del equipo de estudiantes de hispánicas que se han currado esta burrada de trabajo dirigido por la filóloga Anna Caballé. Y para de contar. ¡Qué contraste con el acto de conmemoración del medio siglo d' Els altres catalans celebrado hace tres años en el Palau de la Generalitat! No faltó nadie, aquel febrero del 2014, entre cámaras, discursos y corbatas. Tampoco, ya puestos, la cuña publicitaria por el derecho a decidir del president Mas. El otro día, en cambio, sólo el diputado Carles Campuzano intuyó con sensibilidad la valía de esta nueva obra. Sólo él. Una lástima. Porque en El gran dolor del mundo, más que en ningún otro libro, Candel -existencialista de barriada- muestra su triste humanidad de una manera conmovedoramente auténtica. Aquí, más que en ninguna otra parte, se descubre la cartografía de un espíritu noble comprometido con su mundo y su tiempo.

El autodidacta Candel, que hubiera querido ser un novelista como Baroja, blindó su carrera de escritor en parte gracias a la dimensión civil que adquirió su figura, pero al mismo tiempo su trayectoria literaria quedó cautiva de un estereotipo identitario. Es la cara y la cruz d' Els altres catalans. Más que galardones literarios, se hizo merecedor de reconocimientos institucionales. Es justo que así fuera. Porque pasa pocas veces, pero pasa. Hay libros, películas o canciones que, más allá de su valía intrínseca, se imponen por la significación fundacional que adquieren para la comunidad a la que dan forma con su repercusión. Como el Diguem no. Como está pasando con Patria, d'Aramburu. Parece como si imantasen el espíritu del cambio latente de una época para transformarlo en mensaje de esperanza colectivamente aceptado para que una sociedad empiece de nuevo. También fue el caso de aquel reportaje mítico de Candel, publicado el año 1964 por Edicions 62 y que fue quizás el fenómeno editorial en catalán más importante de la posguerra.

El libro, tal como fue ideado, tenía un doble objetivo. Primero. Hacer tomar conciencia a la burguesía y las clases medias de la ignominiosa situación en la cual dejaba degradarse a la mano de obra que estaba consolidando la gran industria local del desarrollismo. Segundo. Ofrecer una propuesta de dignificación civil al enorme contingente inmigratorio que había llegado sin nada al área metropolitana durante los últimos años, una dignificación que pasaba por la asunción de una catalanidad blanda.

Sobre este proyecto de convivencia, superador de fracturas internas muy profundas, se vertebró el grueso de la sociedad catalana contemporánea. El éxito fue total. Su dietario evidencia que enseguida fue consciente de ello. "Se me pedirán más libros de este tipo -ya se me han pedido- y no podré dedicarme en la pura creación de la novela. Pese a todo es un libro al que todos habrán de aludir cuando se hable del tema de la inmigración en Cataluña. También son muchos los que han dicho de qué me viene a mí salir ahora como un catalanista". Candel se convirtió en un símbolo. En una reunión en Montserrat, el periodista Manuel Ibáñez Escofet le dijo que él encarnaba la Catalunya del futuro y que exigía su compromiso.

El simbolismo, inevitablemente, tendría un precio. A pesar sus limitaciones, que él asumía sin engañarse (las registra una y otra vez), ¿podría haber ensanchado Candel el marco donde había quedado instalado en tanto que símbolo? Quizás sí. El diario aporta bastantes informaciones para plantear una hipótesis.

El verano del 64, cuando vive de lleno un éxito que no le sube a la cabeza, Joan Reventós le encarga un libro sobre la situación de los obreros desde la editorial Ariel. No es una novela, es cierto, pero así complementaría un gran fresco de las clases subalternas: suburbios, inmigrantes, obreros. Candel toma notas, lee la legislación vigente, consolida su relación con el movimiento sindical y, entre conferencias aquí y allí, acaba el manuscrito en dos años. El título es genial: Ser obrero no es ninguna ganga. El contenido es una bomba. Es una obra pionera, combativa sin estridencias, lista para publicarse cuando Comisiones Obreras dio la campanada en las elecciones sindicales. Podría ser una bandera. Pero la editorial no se atreve a distribuir, presenta el original a censura que ni recortado lo dejará publicar. En 1972, al fin, se distri­buye desfigurado. Ya era otro mundo. El Candel escritor ya no pudo reengancharse.

Artículo de Jordi Amat publicado en La Vanguardia el 12/03/2017

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