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Anna Caballé - Febrero de 2017
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El interlocutor imprescindible

Anna Caballé

Hay escritores que trabajan con la memoria y la experiencia y otros que lo hacen inspirándose sobre todo en la imaginación. Francisco Candel (Rincón de Ademuz, 1925 - Barcelona, ??2007) era sin lugar a dudas de los primeros. Como también lo diría Max Aub de su propia obra, Candel no inventaba nada. Para inspirarse bastaba con hablar con sus personajes -todos vivos y conocidos de su autor- y observar, con una mezcla de ironía y ternura, los barrios de su niñez, con la que pobló, un libro tras otro, su imaginario literario. Casas Baratas, Puerto, Casa Antúnez, las casas de la Seat, Can Clos... Ahora no sabemos nada de aquellas casas miserables, construidas con cartones, con un poco de cemento y unas vigas de uralita, que se extendían por los laderas de Montjuic, sin electricidad, con apenas fuentes de agua potable, las calles sin asfaltar y sin asistencia médica de ninguna clase. Los taxis no osaban llegar hasta allí -el escritor lo comprobaría muchas veces. Era una especie de extramuros de Barcelona, ??hoy diríamos que aquellos barrios eran un no-lugar que los entes oficiales ignoraban, como ignoraba su crecimiento caótico a medida que las necesidades de la construcción requerían más y más mano de obra.

La gente venía en los años 40 y 50 desde Almería, Murcia, Albacete o Jaén, acosada por la falta de oportunidades. Los recién llegados se amontonaban como podían en las barracas de familiares hasta que construían una propia. En una noche de lluvia, poder dormir sobre una mesa se consideraba un privilegio ya que la humedad del suelo de tierra hacía difícil conciliar el sueño. Era un mundo lleno de sufrimiento y de penuria que Candel transformó en materia literaria, como García Márquez hizo con Macondo, trasunto de su Barranquilla natal. Ni siquiera le cambió el nombre, quedó a la vista de todos en Donde la ciudad cambia su nombre (1957), un punto de inflexión en la historia de Cataluña que se repetiría con la publicación de Los otros catalanes (1964), traducido con mano maestra al catalán por Ramon Folch y Camarasa.

Muchos lectores quedaron conmovidos por aquellas historias, despertando una conciencia social y política sobre unos barrios y una gente tan desfavorecida. Candel no dejaba de escribir sobre ellos. Era su tema, su obsesión y también su condena, ya que quedaría identificado como novelista de los barrios, los inmigrantes, los obreros, los que no tuvieron nunca voz. Fue el último de los escritores capaz de conectar profundamente con ellos, alzándose con su representación. A Candel acudía cualquier vecino que tuviera un problema serio para resolver. Todos sabían que si él no conseguía hacer algo su problema era irresoluble. Pero su bondad (que a veces lo dejaba exhausto y mortificado) no puede hacer que olvidemos su aportación literaria. Candel se especializó en relatos cortos ensartados, con un protagonismo coral y un lenguaje que hace difícil pensar en otras posibilidades estilísticas. Una literatura tan adherida a la vida de su alrededor como una piel anciana lo está al hueso que le da forma.

La publicación de parte de su diario inédito, el que transcurre entre 1944 (año de la muerte súbita de su madre) y 1975 (para Candel la desaparición de Franco llegó a ser una fijación), permite conocer otras dimensiones del escritor (su gran inquietud política, por ejemplo). Su costumbre de anotar lo que quedaba del día, un día tras otro, lo convierte en un documento excepcional. Cuando el día daba mucho de sí y superaba el tiempo que podía dedicar a su diario, dedicaba los días sucesivos a completar la experiencia.

El pasaje seleccionado tiene que ver con el encuentro que tuvo lugar en el monasterio de Montserrat entre intelectuales catalanes y españoles los días 6 y 7 de julio de 1968. Uno más de los encuentros que se celebraban con la idea de encajar el hecho diferencial catalán en la futura España democrática. Candel se había convertido, desde Los otros catalanes, en un interlocutor imprescindible de esos encuentros, representaba la opinión de la importante inmigración recibida en Cataluña a lo largo del siglo XX.

Al encuentro de Montserrat que aquí se refiere asisten Jordi Pujol, Josep Benet, Maurici Serrahima, Antoni M. Badia Margarit, Josep Maria Castellet y Albert Manent, entre otros, del lado catalán. Del lado español, el infaltable Joaquín Ruiz Giménez, Gregorio Peces-Barba, Manuel Jiménez de Parga, su mujer Elisa Lamas (su nombre real era Elisa Maseda de Arango), Pedro Altares, el vasco José Ramón Recalde, etc. La intensidad de las conversaciones de ese fin de semana no permitió al escritor encontrar el tiempo de verter la experiencia en el diario hasta que volvió a casa. Aquí la tenemos.

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